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Luis León Barreto
Luis León Barreto, escritor y periodista

Los algoritmos encarecen los vuelos, y el acoso telefónico

Vivimos en un mundo en el que nada es verdad ni mentira, sino que todo es según el color del cristal con que se mira. Por ejemplo: se me apetece echar un viajito ahora que parece que las tarifas están moderadas. Así que entro en la página web de la línea aérea y marco las fechas. Qué bien, me dije. Un precio moderado para ir a Barcelona. Además, me apetece ir a Senegal. Tan solo me falta subir a la planta alta para recoger el pasaporte y la tarjeta de pago. Bajo en 45 segundos y cuando entro de nuevo en la web, aquello que valía 52 ahora vale 130 y lo que costaba 320 ahora sale por 479. Y si pulsara de nuevo tendría que pagar mucho más. Es decir que el gobierno ha conseguido imponer precios bajos pero los diseñadores de los algoritmos que gobiernan el mundo se organizan. Pues si marcamos que deseamos ir a Alicante, Marrakech, Praga, Montevideo o donde sea, toman buena nota de nuestra petición, su mecanismo se ha dado cuenta de nuestras intenciones y están preparados para, si insistimos, subirnos el precio. Por supuesto que han subido los billetes desde que el gobierno anunció la bonificación al 75 por ciento, este país nuestro es un cachondeo. Todo por culpa de los algoritmos, las pautas que se le dan a la informática. ¿Qué son los algoritmos? La palabreja viene del griego y del latín, y designa un conjunto de instrucciones o reglas ordenadas que permiten llevar a cabo una actividad mediante pasos sucesivos. Cuando usted pulsa en la web ya dispara ciertos mecanismos diabólicos. Un algoritmo es una secuencia de pasos que permiten solucionar un problema: obtener la mayor ganancia posible para nuestros enemigos, los que nos venden los servicios. Todo indica que las compañías se han puesto de acuerdo para fastidiarnos la vida, el gobierno regional confirma que ya hay muchas denuncias al respecto.

Hablando de otra cosa, en cierta ocasión quise visitar a un familiar que se encontraba hospitalizado. Busqué el teléfono del centro y cuando me salió una amable señora en la centralita le manifesté mi propósito de saber si esa persona se encontraba allí.

-No se lo puedo comentar, porque lo prohíbe la ley de protección de datos.

Como estaba en otra isla, y tenía previsto presentarme allá en un par de días, no le di mucha importancia. Así que tomé un coche de alquiler y llegué a la recepción del centro hospitalario.

-Hola, buenas tardes. Sé positivamente que mi tía está internada aquí. ¿Por favor, me puede decir en qué habitación está?

-Lo siento, caballero. Pero lo prohíbe la ley de protección de datos.

-Al menos puede usted decirme cuántas zonas hospitalarias tiene este centro?

-La A, la B y la A con la C. Tenemos una planta baja y la planta alta.

-¿No puede ayudarme un poco más?

-Lo siento, caballero. Me lo prohíbe la legislación vigente.

Pensé que debía recurrir a soluciones drásticas. Mi mente me lo estaba sugiriendo: Si tiene alguna duda, llame usted al comisario Villarejo, el único que lo sabe todo. Enseguida me lo borré de la mente, ni siquiera iba a preguntarle sobre la princesa Corina y sus amantes.

Me sentí explorador en el Congo. Era la hora de la merienda, y las ayudantes de enfermería estaban recorriendo las habitaciones con las consabidas infusiones, el café con leche, las galletitas y algún yogur. De las habitaciones salía un olor a pis, a excremento, a colonia barata, a ambientador de lavanda. La decadencia de la condición humana se manifiesta de manera especial en los hospitales, los manicomios y las cárceles así que, cuando uno está depresivo, nada más recomendable que una visita a esos centros.

No es que el centro hospitalario fuese grande, pero me vi impotente. Menos mal que la isla es chica, y cuando ya estaba dispuesto a rendirme, apareció un hombre que es conocido de un amigo del primo de mi cuñada. Hace unos cuantos años compartimos una celebración en una de esas bodegas maravillosas de las islas occidentales. La sabia vida social de las llamadas islas menores es un club de encuentros que todo lo soluciona, quién no está dispuesto a comer carne de cochino con vino nuevo. Me libré de ir preguntando habitación por habitación, y al fin conseguí mi objetivo.

Suelo preguntarme cómo es posible que, estando tan protegidos por las sabias normas que defienden la privacidad, a cualquier hora del día e incluso de la madrugada recibo sigilosas llamadas del Banco X o del Banco Z, de aparatos para sordos, de las plataformas digitales, Jazztel y veinte más, los gimnasios, los centros de masajes teurapéuticos y de los otros con final feliz. Y todos con el mismo propósito: ofrecerme el mejor servicio, las ofertas que incluyen todos los partidos de fútbol, incluso de la liga de Honduras, la segunda división de Tailandia y las competiciones regionales de Taiwan. Y la última gama de la tecnología, los artilugios más inteligentes del mercado, esos que soy incapaz de manejar.

¿Cómo es posible que tanta gente conozca mis pasos, si esa noche me alojo en el hotel X con una sueca, si me ido a Montevideo, por qué conocen hasta los momentos en que respiro, si existe una sabia legislación al respecto? Si hasta para ir al dentista me obligan a firmar por triplicado todo el asunto de la protección de datos ¿por qué todo el mundo conoce mi móvil, el lugar donde vivo, lo que recibo de pensión mensual, lo que pagué de hacienda el año pasado, etcétera?

Según estudios recientes, solo una minoría muy pequeña de las empresas cumple con la Ley Orgánica de Protección de Datos. Menos del 20 por ciento lo hacen, un porcentaje que parece de risa si tenemos en cuenta que esta ley no es de ahora mismo, sino que lleva varios quinquenios en vigor. Además, se anunciaban sanciones muy elevadas, que en ocasiones y en casos graves, pueden subir hasta los 600.000 euros.

¿Quién ha pagado una sola multa por este asunto? Los primeros afectados somos nosotros, gente del montón, ya que muchas empresas nos violentan con su acoso telefónico ofreciéndonos esto y lo otro, todo tipo de productos, un móvil, una conexión a internet, un fondo de inversión, etc. Así que nos vulneran el derecho fundamental a la intimidad, tenemos derecho a que no nos estén haciendo llamaditas que no queremos recibir. Somos un país con mucha normativa que funciona contra la ciudadanía.

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Source: Luis León Barreto
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