Antonio Morales, presidiendo un pleno del Cabildo de Gran Canaria
Antonio Morales, presidiendo un pleno del Cabildo de Gran Canaria

Océanos amenazados

Tres hechos especialmente relevantes y preocupantes han propiciado que durante este mes de agosto hayamos fijado la mirada en nuestro mar en una dimensión más amplia que la del disfrute veraniego. Sin duda nos han hecho más conscientes de su fragilidad y su importancia para nuestra supervivencia. De cómo depende del océano que nos baña la economía, la salud, la biodiversidad, nuestro futuro…

La proliferación de las cianobacterias en las últimas semanas ha puesto el dedo en la llaga sobre la incidencia del cambio climático y sus consecuencias en Canarias. Más allá de la controversia sobre si su propagación la alimenta o no los vertidos de aguas fecales y si produce afecciones importantes a la salud (es necesario un informe consensuado), ha quedado muy claro que el aumento de la temperatura de las aguas que nos circundan tienen mucho que ver con esta plaga que ha generado preocupación a nivel local e internacional sobre su incidencia en la salud y por tanto ha repercutido negativamente en la valoración del destino turístico canario, del que dependemos, directamente o indirectamente, en más de un 80% de nuestro PIB.

La aparición de las cianobacterias y el debate suscitado en la sociedad canaria han puesto de relieve el hecho gravísimo de que en algunas islas se vierten al mar millones de metros cúbicos de aguas negras sin depurar. Solo en Tenerife se evacuan al mar canario diariamente más de 57 millones de litros de aguas fecales sin ningún tipo de tratamiento. En pleno siglo XXI muchas instituciones asumen la realidad de un delito ecológico de singular trascendencia sin que se actúe con la rigurosidad legal y la responsabilidad política que se requiere. Afortunadamente eso no sucede en Gran Canaria, como ustedes conocen, donde se ha hecho y se sigue haciendo un esfuerzo importante para generar las infraestructuras necesarias para evitarlo.

Y por si estos hechos no fueran lo suficientemente ilustrativos de las heridas que proferimos al Atlántico que nos baña, desde el 12 de agosto el barco británico MV Cheshire navegó a la deriva con fuego a bordo en una carga de 44.000 toneladas de nitrato de amonio altamente peligrosa que produjo una extensa humareda tóxica. Las reacciones y declaraciones de las distintas administraciones competentes en torno a este asunto revelan niveles de imprudencia y descoordinaciones que agravan la vulnerabilidad y el riesgo para el medio marino y las personas.

Estos sucesos relevantes nos han llevado a mirar al mar con preocupación. Nos han sensibilizado sobre una situación que no nos podemos tomar a la ligera. Pero no son hechos aislados. Desgraciadamente se reproducen de distintas maneras y con distintas frecuencias en diferentes lugares del mundo y solo se podrán revertir con firmes decisiones locales, colectivas y globales. Nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, pero no debe ser así. Dan Laffoley, vicepresidente de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, lo explica perfectamente con esta frase: “No somos capaces de ver un elefante en el salón de nuestra casa”. No podemos perder de vista que el planeta –y por tanto los océanos- sufren un serio problema que tiene que ver con el cambio climático y el agotamiento de los recursos. Y de eso ha hablado esta semana el Foro Océanos en su seminario “Canarias ante el impacto del cambio climático en el océano.”

Los océanos proporcionan el 50% del oxigeno que respiramos y cumplen un papel clave en la regulación del clima, proporcionan la alimentación y las proteínas necesarias para miles de millones de personas, generan más de 350 millones de empleos en pesca, acuicultura, turismo, investigación o energía… Pero su uso insostenible puede provocar un daño irreversible a los hábitats, funciones ecológicas, recursos biológicos, calidad de las aguas o biodiversidad. Nuestros mares –el 71% de la superficie del planeta- están sometidos en estos momentos a un enorme impacto de la acción humana que va generando efectos acumulativos muy graves y solo el 0,5 % cuentan con figuras de protección. A pesar de su capacidad regeneradora, su deterioro es una penosa realidad. Los vertidos industriales, fecales, de fertilizantes y nutrientes y de otro tipo han convertido una parte importante de su superficie en auténticos basureros: solo el 12 % de los vertidos de petróleo al mar se produce por accidente, el 88 % restante se produce por limpiezas o recargas; se calcula que en 2050 habrá más plásticos en el mar que peces (matan un millón y medio de fauna marina cada año)… Al aumento del CO2 que asume y precipita la acidificación, al calentamiento de las aguas fruto del cambio climático (según el IPPC solo el aumento de un grado haría disminuir el 30% de las especies) o a la hipoxia (reducción del oxígeno) se suma la sobreexplotación de los recursos alimentarios: según la FAO el 10% de las reservas pesqueras están agotadas, cerca del 18 % están sobreexplotadas y entre el 45 y el 50 % están al límite de su rendimiento. En Canarias hemos perdido en 40 años el 90% de nuestros peces. Miles de especies marinas se han extinguido o están en peligro de extinción… La paradoja es que muchos de los peces capturados se utilizan para harinas o piensos para animales domésticos…

Muchas de las acciones propuestas por los expertos para combatir esta situación son realmente imprescindibles, es cuestión de tiempo que terminen aplicándose irremediablemente y están además contempladas en la hoja de ruta de la Estrategia de Cambio Climático elaborada para el Cabildo de Gran Canaria. El respeto de tallas en materia piscícola y otras especies marinas, la reducción del uso de plásticos en los comercios de la Isla, la correcta gestión ciudadana de los residuos en sus hogares y también en comercios, centros náuticos y otras instalaciones deportivas en el entorno litoral o en tierra adentro, el control de los vertidos de todo tipo, la adaptación de los planeamientos a los cambios por venir, la economía azul y la biotecnología azul, etc

Pero no podemos renunciar a la esperanza. En el documento de Río+20, “El futuro que queremos”, los Estados miembros de Naciones Unidas se comprometieron a “proteger y restaurar la salud, productividad y resistencia de los océanos y ecosistemas marítimos para preservar su biodiversidad y permitir su conservación…”. Por su parte, la Declaración de Abu Dhabi sobre la Economía Azul de enero de 2014 resaltó la posible contribución de la economía de los océanos para solucionar problemas de hambruna y pobreza, creación de medios de subsistencia sostenibles y mitigación del cambio climático.

Los pequeños estados insulares en desarrollo (SIDS, por sus siglas en inglés) son un grupo de países que se enfrentan a retos y vulnerabilidades sociales, económicas y ambientales específicas. Estos incluyen poblaciones pequeñas, una base de recursos naturales limitada (terrestre), alta dependencia de la ayuda al desarrollo y del comercio internacional (especialmente en importaciones), lejanía de los principales mercados, altos costos del transporte, bajos índices de conectividad y exposición a desastres naturales y al cambio climático, sobre todo al alza de temperatura y a la elevación del nivel del mar. Canarias no está alejada de esta concepción de pequeño estado insular en desarrollo. Los océanos son vitales para las islas y representan una nueva frontera para la expansión económica, el comercio y el desarrollo sostenible. Asimismo, constituyen una esperanza para desarrollar su actividad económica y fomentar su crecimiento. Lo tiene que ser también para nosotros.

No podemos renunciar a pensar en el mar como generador de recursos sostenibles. Las posibilidades de la economía azul, suponen, sin lugar a dudas, un eje clave para el desarrollo futuro de las islas, ya que le proporcionan el acceso a unos recursos económicos y productivos con un amplio potencial de explotación sostenible. La Biotecnología Marina y su amplio abanico de aplicaciones para la mejora de la sostenibilidad, la salud y la alimentación humana, sirven una clara oportunidad para que Gran Canaria, que ya dispone de unas buenas condiciones de partida, pueda convertirse en isla pionera en el desarrollo de este sector de la biotecnología en los ámbitos científico, productivo e industrial. Las condiciones climáticas, ambientales y costeras de Gran Canaria la posicionan como un lugar ideal para aprovechar el potencial de las actividades off-shore y on-shore ligadas a estas áreas de conocimiento y tecnologías. Además, las infraestructuras y los institutos y centros de Investigación localizados en la isla, con un alto nivel de excelencia, en particular el Banco Español del Algas y Ecoagua, vinculados a la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, y el Instituto Tecnológico de Canarias, aportan una base sólida de conocimientos científicos y de experimentación para acometer los distintos ejes del desarrollo de las actividades basadas en la Biotecnología Marina.

Por otro lado, el entorno costero y marino de la isla, proporciona un marco ideal para el desarrollo de actividades off-shore, en particular las relacionadas con energías renovables. El Instituto Universitario de Oceanografía y Cambio Global y la Plataforma Oceánica de Canarias pueden aportar los recursos básicos de investigación y experimentación para el desarrollo de proyectos aplicados en estos ámbitos. Igualmente, el sistema fiscal canario propone un marco adecuado de incentivos para el desarrollo empresarial del sector tanto en lo referente a la I+D empresarial como para todo tipo de actividades empresariales basadas en el conocimiento.

Todas las fortalezas y oportunidades mencionadas anteriormente requieren de una estrategia integrada de todos los ámbitos públicos orientadas a su aprovechamiento, que debe estar liderada por el Cabildo de Gran Canaria como entidad responsable de la promoción económica insular y apoyada en las otras entidades públicas de competencias específicas. Y debe pasar por el reforzamiento de las capacidades e inversión en investigación y experimentación, la ordenación territorial y marina adecuada para aumentar las posibilidades productivas insulares, el diseño de un programa de cualificación de recursos humanos en los distintos ámbitos de especialización de la materia y trazar medidas de promoción económica e innovación empresarial adaptadas a la naturaleza del sector. Hay alternativas y tenemos que afrontarlas.

Source: Antonio Morales Méndez
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