Cuando el problema no es la lluvia, sino quién gestiona

Hay imágenes que no deberían producirse en una administración pública moderna. La Jefatura de la Policía Local de Maspalomas dejó una de ellas. Primero, con parte de sus dependencias anegadas por aguas fecales. Después, apenas unas horas más tarde, con una inundación que afectó a casi la totalidad de las instalaciones tras las lluvias de la madrugada. No se trata de una anécdota. Se trata de un síntoma.
Porque no estamos ante un episodio aislado ni frente a una situación extraordinaria imposible de prever. Lo ocurrido responde a un patrón que empieza a ser demasiado reconocible: años de falta de mantenimiento, ausencia de planificación y una forma de gestionar que ha terminado por normalizar lo inaceptable. Cuando los avisos se repiten y las deficiencias persisten, deja de hablarse de imprevistos para empezar a hablar de responsabilidades.
Lo más preocupante no es solo el agua, ni siquiera su procedencia. Lo más preocupante es la respuesta que obliga a dar. Agentes de la Policía Local dedicando las primeras horas de la mañana a limpiar su propia Jefatura para poder trabajar en unas condiciones mínimamente aceptables. Policías haciendo tareas de limpieza mientras la ciudadanía sigue necesitando atención, asistencia y presencia en la calle. No es un problema de voluntad, porque la voluntad está. Es un problema de estructura. Y la estructura, junto a quienes la gestionan, vuelve a fallar.
La contradicción alcanza un punto difícil de ignorar cuando el propio centro desde el que se coordinan decisiones clave para hacer frente a la crisis que vive el municipio se convierte, a su vez, en parte del problema. El núcleo de mando, condicionado por su propio deterioro. El espacio desde el que se organiza la respuesta, limitado por unas instalaciones que no están a la altura de la función que deben cumplir.
Y no es un hecho aislado. Hace apenas unos días, a escasos metros de esas mismas dependencias, caía una palmera de gran porte junto a otro árbol de dimensiones similares en una zona de paso habitual para agentes y para cientos de ciudadanos. Aquel episodio, que incluso fue portada en algunos medios, tampoco puede despacharse como una simple fatalidad. Vuelve a señalar la misma realidad de fondo: falta de mantenimiento, ausencia de control y una gestión reactiva que actúa cuando el daño ya está hecho.
No se puede exigir eficacia operativa cuando ni siquiera se garantiza un entorno de trabajo digno y seguro. No se puede apelar al servicio público mientras quienes deben prestarlo tienen que dedicar tiempo y esfuerzo a resolver carencias básicas que tendrían que estar resueltas desde hace tiempo. Y no se puede pedir confianza a la ciudadanía cuando las imágenes transmiten justamente lo contrario: improvisación, deterioro y abandono.
La conclusión es tan evidente como incómoda. Cuando una Jefatura de Policía Local se inunda un día con aguas fecales y al siguiente con agua de lluvia, el problema no es únicamente el clima. El problema es la gestión. Y cuando los agentes están limpiando en lugar de patrullar, el perjuicio deja de ser interno para convertirse en un problema directo para los ciudadanos.


