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Lidia Falcón O'neill
Lidia Falcón, licencia en Derecho, en Arte Dramático y Periodismo y doctora en Filosofía

La izquierda ante su futuro

Al parecer la operación de fusión de Izquierda Unida y Podemos está decidida. No causa demasiada sorpresa cuando en estos últimos cuatro años se han ido haciendo movimientos clarísimos en tal dirección. Desde las declaraciones explícitas de Alberto Garzón hace ya un par de años, refrendadas por Pablo Iglesias que generosamente le atribuyó el papel de segundo en la nueva formación que se crearía, aunque luego vimos como quedaba relegado a un muy invisible lugar mientras Irene Montero cobraba el protagonismo. En ese sentido fue la llamada transformación de IU en Movimiento Político Social, cuya realización práctica no se ha visto, mientras en toda la campaña electoral se ha podido comprobar, y sufrir, la dependencia absoluta de las organizaciones provinciales a las órdenes de la dirección federal.

Los análisis o declaraciones que han estado haciendo los dirigentes tanto de Podemos como de Izquierda Unida después de las elecciones muestran un triunfalismo que no es digno de un análisis de izquierda, así como insensibilidad total a los llamamientos y reclamaciones que hacen los diversos militantes para que se cambien los las conductas y decisiones en los que se ha errado.

La pérdida de 1 millón de votos en las elecciones generales, y de 900.000 en las elecciones municipales, autonómicas y europeas, por parte de Unidas Podemos, nos tiene que llevar a una reflexión serena y nada complaciente de la labor que se ha hecho por parte de esa marca electoral durante los últimos cuatro años.

La pérdida de votos indica la pérdida de la confianza que la ciudadanía depositó entusiásticamente en cuanto se formó Podemos, con una ingenua esperanza en que la formación transformara rápidamente la situación económica y social del país. Sobre todo por parte de aquellos sectores de clase media que han sido su clientela principal, y que habían visto disminuir su nivel de vida drásticamente a partir del desencadenamiento de la crisis económica.

Pero, aparte de ese inmaduro entusiasmo de los votantes, que esperaban lo imposible, lo cierto es que en estos años Podemos y especialmente su líder, Pablo Iglesias, ha estado dando bandazos ideológicos y estratégicos a veces con pocas semanas o días de intervalo. Comenzó su andadura política después de las elecciones europeas de 2014, despreciando a IU y a los comunistas, llamándoles pitufos gruñones, asegurando que se habían instalado en la queja y en la marginalidad. Definió a Podemos como un movimiento asambleario que no era de izquierda ni de derecha. Los dirigentes cambiaron el lenguaje marxista por una nueva terminología posmoderna, aprendida de Laclau. Para ellos ya no existen las clases ni la lucha de clases, ahora todos somos gente. La explotación capitalista se ha trasmutado en los de arriba y los de abajo, los de la casta y la gente común. En la sesión de investidura de Pedro Sánchez, después de las elecciones del 20 de diciembre de 2015, acusó al PSOE de ser el partido de “la cal viva”. Pocos meses después se declaraba socialdemócrata, y también, a intervalos asegura que son peronistas.

En los temas feministas, Carolina Bescansa en sus primeros tiempos como dirigente de Podemos afirmó que el aborto no entraba en los planteamientos de la organización porque no era un tema político de Estado. Mantienen su propósito de legalizar la prostitución, aceptan la pornografía y sólo en los últimos tiempos se han pronunciado contra los vientres de alquiler.

A estos bandazos ideológicos se le añade que la mayoría de las organizaciones actúan con las maneras que tenía el movimiento asambleario inicial, como si no hubieran aprendido todavía que se ha convertido en partido. Necesidad imprescindible para actuar en política. Estos antecedentes han ocasionado el rechazo de los militantes de IU, molestos con la compañía de los podemitas y muchas veces enfrentados a ellos, que están cada vez más desanimados y desmotivados. Las defecciones son continuas, hasta llegar al desastre de que las doce dirigentes más veteranas del Área de la Mujer la dieron por disuelta en noviembre de 2018, muy poco antes de las elecciones andaluzas.

En Andalucía Teresa Rodríguez del Partido Anticapitalista, y el coordinador de IU, Maíllo, organizaron una nueva alianza con un nuevo nombre, Adelante Andalucía, alejándose de la dirección nacional. El resultado electoral ya lo conocemos, que ha llevado a Maíllo a abandonar la política.

Lo patético es que esta táctica que pretende ser integradora, transversal, popular y universal, para superar la que consideran sectaria y restringida de IU, no ha servido para aumentar ni el número de militantes ni de votantes ni se ha ganado la simpatía popular. Podemos e IU, juntos, han obtenido únicamente el 1,6% de los sufragios, cuando en 2015 Izquierda Unida sola alcanzaba el 4,7%, pasando de 1.057.212 votos hace 4 años a 364.370 en la actualidad.

Desde el Partido Feminista de España nos hemos pronunciado repetidas veces en contra de la alianza de IU con Podemos. La última en la Coordinadora de IU donde expuse que había sido un error coaligarnos con esa formación. Recordé que desde el Frente Popular en 1936, las coaliciones entre diversas formaciones de centro y de izquierda no habían servido para conseguir la aceptación ciudadana y aumentar el voto. Por el contrario, en cada una de las convocatorias en que la izquierda había intentado una alianza para arrastrar más votos y derrocar a la derecha había salido perdiendo. El Partido Socialista se presentó en coalición con el Partido Comunista en 1996 y la suma de los votos de los dos partidos fue menor que cuando se presentaron por separado. En 2016 IU lleva adelante la unión con Podemos con el nombre de Unidos Podemos y pierden 1 millón 200.000 votos respecto a la anterior convocatoria del 20 de diciembre de 2015. Y cuando en diciembre de 2018 se organiza la alianza entre Podemos e IU en Andalucía con el nombre de Adelante Andalucía, vuelven a perder cerca de 1 millón de votos entre las dos formaciones y tres diputados.

La alianza última con la marca Unidas Podemos- el femenino del nombre corresponde a una paternalista concesión a las críticas que las feministas realizamos del anterior, Unidos Podemos, que nos ignoraba-, solamente consiguen que el resultado electoral sea peor que cuando se presentan por separado.

Esta reacción tiene su causa en que los votantes de las diferentes formaciones de izquierda apoyan la ideología, el programa y el trabajo realizado por sus dirigentes, y cuando ese programa se diluye en las concesiones realizadas para llegar a un acuerdo con otras formaciones, los votantes se desaniman y se inhiben.

Ya sabemos que la unidad de la izquierda es el deseo permanente desde hace 80 años de las diversas formaciones políticas que se encuentran en esa trinchera, y que parece inalcanzable. Ese fue el principal motivo por el que el Partido Feminista pidió el ingreso en la coalición de Izquierda Unida, en vez de permanecer en el aislamiento que habíamos sufrido durante muchos años, ya que el Movimiento Feminista, que tenía que ser nuestro principal apoyo, no tiene madurez suficiente para comprender que debe transformarse en una fuerza política.

Como dice el alcalde de Zamora, José Guaridó, Podemos e IU son dos izquierdas diferentes. Antes de lanzarse a la disolución de una formación tan veterana y curtida como IU es preciso convocar una Asamblea Extraordinaria para que los militantes decidan el futuro de la organización, y después de un profundo debate sobre qué es la izquierda y en qué se distingue de la derecha.

Daniel Innerarity acierta cuando explica que “la mayor aportación del 15 M ha ido en la línea de una espectacularización de la política, mientras que la ambición de cambiar el modelo productivo o regenerar la vida política sólo se ha podido traducir en reformismo socialdemócrata o en la resignación ante la inevitable condición humana. El problema es que hoy, añade, más que estrategias de cambio, lo que tenemos son gestos improductivos, una agitación que es compatible con el estancamiento, escenificaciones sin consecuencias, impulsos estériles, falsos movimientos, la política sufre actualmente un peculiar trastorno bipolar porque es capaz de ilusionar a mucha gente hasta hacerles perder el sentido de la realidad, de manera que en poco tiempo después se convierten en unos decepcionados que regresan a la melancolía de la vida privada”.

Esta es una parte del análisis que habría que realizar en colectivo, si realmente tuviéramos una izquierda marxista, activa y preocupada por dilucidar los desafíos políticos y sociales ante los que nos enfrentamos y encontrarles vías de resolución. Es imprescindible que exista un movimiento comunista que se base en los principios y las categorías ya consolidadas de la lucha de clases y del enfrentamiento con el capital. Cualquier otra distracción de los temas, con discursos benévolos y limitados a pequeñas reivindicaciones inmediatas como hace la socialdemocracia, anulará la posible fuerza que pudiera tener la izquierda revolucionaria, y nos conducirá a una situación similar a la que rige en Italia, donde la mayoría del espacio político lo ocupe un movimiento populista sin objetivos claros ni estrategia y donde los partidos de ultraderecha xenófobos puedan crecer, perdida la esperanza de parecernos más a Portugal.

Source: blog.publico.es
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