Podría ser peor, que Maspalomas deje de ser un lugar para vivir

Hay un eslogan que funciona porque está hecho para eso, para sonar bien. “Podría ser peor… podría no estar en Maspalomas”. Ironía, emoción, una promesa de escapada. Pero cuando esa frase baja del cartel y pisa la calle, cambia de significado. Lo “peor” ya no es no venir. Lo “peor” es que Maspalomas termine siendo solo un lugar al que venir, pero no un lugar en el que se pueda vivir.
Estos días el destino se vuelve a vender en grande en la ITB de Berlín, una de las ferias turísticas más importantes del mundo. Se busca impacto, se busca mercado, se busca un visitante que gaste más y se quede más. La promoción se entiende. La pregunta es por qué el objetivo sigue siendo atraer más demanda cuando la vida cotidiana de quienes sostienen el destino está cada vez más frágil.
Cuando la calidad no se vive, solo se vende
El debate no es si el turismo sirve. Sirve. El debate es si el modelo está pensando en la gente que vive aquí o solo en la foto del destino que se vende fuera. Porque mientras se celebra el récord de visitantes, aquí se habla de otra cosa. Se habla de los atascos semanales como rutina. Se habla de centros sanitarios que no dan abasto. Se habla de colas, de urgencias saturadas, de una sensación constante de desborde.
Entonces, qué se está ofreciendo exactamente cuándo se promete “calidad”. Calidad para quién. Para el visitante que llega unos días o para el residente que vive todo el año con infraestructuras tensadas. Se puede hablar de turismo de calidad sin hablar de carreteras, sanidad y vivienda. Se puede vender un destino sin garantizar el hogar de quienes lo mantienen abierto cada mañana.
Aquí aparece la pregunta que lo cambia todo ¿A qué precio?
Se anuncia un aumento significativo del parque de viviendas entre 2026 y 2027 y se habla de vivienda pública y asequible como respuesta al déficit. Sobre el papel suena a alivio. Más de 260 viviendas públicas previstas en colaboración con Visocan, con una fase que incluye 180 viviendas protegidas de alquiler asequible, además de 43 viviendas protegidas en El Tablero. Al mismo tiempo, Urbanismo informa de licencias para 91 promociones residenciales que suman 413 nuevas viviendas. Y en El Tablero se menciona un desarrollo privado de 210 viviendas.
A qué precio real se podrán alquilar o comprar esas viviendas. A qué tipo de bolsillo van a responder. A quién va a llegar la “solución” cuando el mercado está empujado por la presión turística, por el alquiler vacacional, por la compra con mayor poder adquisitivo y por la especulación de siempre. Porque construir es una parte del problema. La otra parte es impedir que la vivienda se convierta en una herramienta para expulsar gente.
Si el municipio produce vivienda y aun así los jóvenes siguen sin poder emanciparse ¿qué se está arreglando? Si se levantan promociones y aun así suben los precios, quién está ganando con esa “reactivación”. Si el resultado final es que el residente se va y el destino se queda, a quién se está protegiendo.
Se invierte en la zona turística, se abandona la zona donde vive la gente
El discurso oficial insiste en la renovación turística y en las obras. Se habla de inversiones millonarias, de mejoras de accesos, de entornos emblemáticos, de modernización de la experiencia del visitante. Pero en la percepción de mucha ciudadanía hay una brecha. En la zona turística se ve inversión, detalle, mantenimiento. En la zona residencial se ve desgaste, abandono y servicios que llegan tarde o llegan menos.
Y cuando esa brecha se instala, el problema deja de ser turístico. Se convierte en un problema político y moral. Se está cuidando más al turista que al residente. Se está priorizando más la postal que la vida real. Y eso rompe la confianza.
La tasa turística no es un capricho, es defender lo nuestro
En este punto, el debate de la tasa turística funciona como termómetro. Mogán ha defendido que parte del dinero del visitante debe volver de forma directa para sostener servicios e infraestructuras vinculadas al impacto turístico. En San Bartolomé de Tirajana, Alejandro Marichal ha dicho que no apoya esa vía y ha argumentado que el municipio tiene recursos suficientes.
La cuestión no es solo estar a favor o en contra. La cuestión es qué modelo se está defendiendo.
Si se rechaza una herramienta que hace que el visitante contribuya de forma finalista, qué alternativa se propone para garantizar que el coste del turismo no lo pague el residente. Si se asegura que hay dinero suficiente ¿por qué la ciudadanía percibe carencias básicas en barrios y núcleos residenciales?
Turismo de calidad con infraestructura de los setenta
También hay otra contradicción que nadie debería esquivar. Hablar de turismo de calidad exige un destino de calidad. Y el sur arrastra zonas comerciales cerradas o en decadencia, entornos desactualizados, ocio nocturno que no compite con lo que hoy pide el visitante, espacios públicos que parecen congelados en otra década. Se puede vender sol y playa, sí. Pero si se quiere “calidad”, hay que sostener calidad en el territorio, en el urbanismo, en la movilidad, en la seguridad y en el mantenimiento. ¿Qué se espera que piense quien viene si ve centros comerciales cerrados y áreas envejecidas? Qué se está vendiendo cuando el relato va por delante de la realidad.
No es una guerra contra el turismo. Es una defensa del derecho a vivir donde trabajas y donde naciste. Es la exigencia de que el modelo turístico no convierta al residente en una pieza prescindible. Es el cansancio de una juventud que no quiere vivir de servir, sino de crear, crecer y construir un proyecto de vida en su tierra.
Por eso la pregunta no es ¿por qué se van a Berlín? La pregunta es ¿por qué se van a buscar más presiones cuando no se han resuelto los problemas demográficos, de vivienda, movilidad y sanidad que hay en Canarias?
Cuánto turismo más cabe sin resolver el acceso a la vivienda, regular las urgencias y las listas de espera en sanidad y desatascar las colas en las carretas, facilitando la movilidad. Cuánta calidad se puede prometer fuera si la calidad de vida dentro se deteriora. Cuánto tiempo más se va a vender el destino sin garantizar el hogar. Y si la respuesta sigue siendo traer más, atraer más, competir por más, quién se hace responsable de lo que pasa aquí cuando el residente termina marchándose.
Al final, lo “peor” no es no estar en Maspalomas. Lo “peor” es estar, trabajar aquí, amar este lugar, y sentir que ya no te pertenece. ¿Ese es el modelo que se quiere defender? Ese es el futuro que se quiere vender.
Y yo me niego apoyarlo, porque un canario no se rinde, se levanta, se sacude y sigue bregando.
Firmando
Yair Rodríguez Pérez


