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Nos quieren lejos de casa, la generación canaria que no quiere renunciar a sus raíces

  • La Mudanza, de Bad Bunny, abre una reflexión sobre la pérdida de conexión con el barrio, las tradiciones y el derecho a seguir viviendo en la tierra nació.
  • Canarias no solo afronta un problema de vivienda o de identidad cultural, sino una presión silenciosa que empuja a muchos jóvenes a marcharse mientras lo local se debilita.

Hay canciones que se escuchan y hay canciones que te ponen delante un espejo. La Mudanza, de Bad Bunny, pertenece a las segundas. Porque, en apariencia, habla de una historia íntima, familiar, de casa, de memoria y de origen. Pero, en el fondo, toca algo mucho más grande. Toca esa pregunta incómoda que también resuena en Canarias ¿Qué pasa cuando vivir en tu tierra empieza a parecer un privilegio, una rareza o una lucha constante? ¿Qué pasa cuando marcharse deja de ser una decisión libre y empieza a parecer la salida más lógica? Y, sobre todo, ¿Qué pasa cuando un pueblo empieza a perder no solo gente, sino también vínculo, costumbre, barrio y conciencia de sí mismo?

Aquí está el verdadero centro del debate. No es solo una cuestión de nostalgia. No se trata de idealizar el pasado ni de fingir que todo tiempo anterior fue mejor. Se trata de entender que una sociedad sin raíces firmes es una sociedad mucho más débil y manipulable. Porque cuando se rompe la conexión con lo local, con el barrio, con las tradiciones, con los comercios de siempre, con la forma de hablar, con la memoria compartida y con la costumbre de mirar alrededor, también se rompe algo más profundo, el sentido de pertenencia.

Y una comunidad sin pertenencia corre el riesgo de convertirse en un simple escenario. Bonito, útil, rentable quizá, pero escenario en última instancia. Un sitio que se consume se promociona y se enseña, pero que cada vez cuesta más habitar en él.

Ese es uno de los grandes conflictos de este tiempo. Vivimos hiperconectados con el mundo, pero cada vez más desconectados de lo cercano. Sabemos lo que pasa al otro lado del planeta en cuestión de segundos, pero muchas veces ya no sabemos quién es el vecino. Consumimos tendencias globales, discursos globales, estéticas globales, rutinas globales. Todo circula rápido, todo se copia, todo se adapta, todo se vuelve reconocible. Pero, en ese proceso, también se difumina lo propio. Y cuando lo propio se diluye, lo que se pierde no es un adorno cultural. Lo que se pierde es una forma de estar en el mundo.

Porque las raíces no son un museo, no son una postal, no son una pieza folclórica que se saca en fiestas señaladas para decir que seguimos recordando de dónde venimos. Las raíces son una estructura viva. Son una manera de entender la vida, de relacionarnos, de cuidarnos y de proyectarnos hacia adelante. Defenderlas no es encerrarse. Defenderlas es saber desde dónde se camina.

Por eso la lectura de La Mudanza conecta tanto con Canarias. Porque la mudanza, en este contexto, no es solo mover muebles de una casa a otra. La mudanza puede ser también un síntoma. Puede ser el resultado de una presión lenta, constante y silenciosa. La presión de un modelo económico que convierte el territorio en mercancía. La presión de un mercado que encarece la vida hasta expulsar a quien nació, trabaja o quiere formar un proyecto vital en su propia tierra. La presión de una modernidad que vende movilidad como libertad, cuando muchas veces lo que hay detrás es imposibilidad de quedarse.

Y aquí conviene llamar a las cosas por su nombre

La gentrificación no es una palabra de moda. Es el proceso por el cual un lugar se revaloriza para unos mientras se vuelve inhabitable para otros. La desposesión tampoco es un concepto exagerado. Es el vaciamiento paulatino de la capacidad de una comunidad para seguir siendo dueña de su espacio, de sus ritmos y de su forma de vida. Y la violencia estructural no siempre lleva uniforme ni da golpes visibles. A veces se manifiesta de forma mucho más limpia y más fría: alquileres imposibles, sueldos insuficientes, barrios que cambian de función, jóvenes que retrasan o renuncian a emanciparse, familias que se alejan de su entorno porque quedarse ya no cabe en sus cuentas, mafias de ocupación, etc.

Entonces la pregunta deja de ser cultural para convertirse también en política y moral. ¿Qué se protege realmente cuando se habla de progreso? ¿Qué se moderniza y para quién? ¿Qué significa crecer si el resultado final es que la gente del lugar se va despegando del lugar? ¿De qué sirve presumir de apertura al mundo si el precio es vaciar de sentido lo que se era?

Porque sí, la globalización trae intercambio, mezcla, aprendizaje y posibilidades. Negarlo sería absurdo. El problema no es abrirse al mundo. El problema es abrirse tanto y tan mal que uno termina perdiéndose a sí mismo. El problema no es convivir con influencias externas. El problema es que lo externo acabe ocupándolo todo y que lo propio quede relegado a decoración, a servicios, a reclamo o a simple nostalgia empaquetada.

Canarias sabe mucho de eso. De convertirse en imagen. De proyectarse hacia afuera. De vivir entre el orgullo de lo que es y la sensación de que, demasiadas veces, ese valor lo aprovechan mejor otros. Por eso este debate no es menor. Hablar de raíces no es hablar solo de tradiciones populares, de fiestas o de costumbres. Es hablar también de nuestro territorio, de la vivienda, de los salarios, del modelo económico, en fin, de una lista de temas que si importan a la gente canaria. Porque un pueblo no pierde sus raíces únicamente cuando deja de cantar lo suyo o de cocinar lo suyo. También las pierde cuando ya no puede permitirse vivir donde nació, cuando el barrio deja de ser barrio, cuando el comercio de siempre desaparece, cuando la vida en comunidad se enfría y cuando la identidad queda subordinada a la rentabilidad.

Ahora bien, tampoco conviene caer en la trampa del derrotismo. No todo está perdido ni todo avance implica renuncia. De hecho, hay una paradoja interesante en todo esto. Las mismas redes sociales son armas de doble filo, también pueden servir para rescatar, documentar y reinterpretar lo local. La tecnología que puede alejarnos del entorno también puede ayudarnos a contarlo mejor, a preservarlo y a devolverle valor. La cuestión no es solo la herramienta. La cuestión es el uso. El problema no es que exista lo global. El problema es que olvidemos lo cercano mientras miramos lo global.

Ahí está una de las claves de esta época, saber mirar sin dejar de observarse en ese mundo global, es decir, reconectar sin aislarnos, abrirnos sin disolvernos, modernizarnos sin entregarnos, mirar al mundo sin dejar de mirar la puerta de nuestras casas.

Quizá por eso canciones como La Mudanza trascienden tanto. Porque no hablan únicamente de un artista o de un territorio concreto. Hablan de algo que mucha gente siente, aunque no siempre sepan explicarlo. Esa sensación de que hay algo valioso que se está aflojando. Esa intuición de que no basta con avanzar, producir, competir y consumir si en el camino se pierde el arraigo. Esa necesidad de defender lo propio no por miedo al otro, sino por respeto a uno mismo.

Y ahí es donde también entra Canarias. No como copia de nadie, sino como tierra que conoce bien la tensión entre identidad y mercado, entre pertenencia y expulsión, entre memoria y escaparate. La gran pregunta no es si debemos modernizarnos. La gran pregunta es si vamos a aceptar una modernización que nos eche de nuestra casa. La gran pregunta es si se puede seguir llamando progreso a un proceso que debilita la vida de barrio, enfría los vínculos, encarece la permanencia y convierte lo propio en un decorado bonito pero cada vez con menos vida.

Porque al final, la mudanza más dura no es la que se hace con maletas y cajas. Es la que ocurre cuando uno sigue en su tierra, pero empieza a sentir que su tierra ya no le reconoce. Cuando permanece físicamente, pero todo a su alrededor se reorganiza para otros ritmos, otras prioridades y otros intereses. Cuando quedarse empieza a parecer una forma de resistencia.

Y quizá ahí convenga plantar una idea sencilla, pero firme. Defender lo local no es cerrarse. Defender las raíces no es retroceder. Defender el barrio, la tradición, la memoria y el derecho a seguir en la propia tierra es, en realidad, una forma de dignidad. Una manera de decir que no todo está en venta. Que no todo debe medirse en función de mercado. Que hay lugares que no solo se habitan: también se heredan, se cuidan y se defienden.

Porque un canario no se rinde. Se levanta, se sacude y sigue bregando.

Firmado

Yair Rodríguez Pérez

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