La nueva plaza del T-8 se presenta como espacio para ferias y eventos mientras el Tablero sigue sin una respuesta al problema del aparcamiento

- La gestión de Marco Aurelio Pérez vuelve a abrir el debate sobre un modelo urbano que embellece espacios, pero que no resuelve las necesidades de los vecinos
La nueva plaza del T8 se ha vendido como un nuevo espacio para la convivencia en El Tablero. Se habla de 6.000 metros cuadrados recuperados, de una inversión de 547.451 euros financiada por el Plan de Cooperación del Cabildo de Gran Canaria y de una actuación que ha permitido renovar pavimento, alumbrado, zonas verdes, pluviales, bordillos, bolardos, mobiliario urbano y el entorno del autocompactador de residuos. Todo eso puede sonar bonito, pero la política no se puede analizar solo desde el titular amable. Hay que mirar qué había antes, qué se prometió, qué se necesitaba y qué se ha terminado haciendo.
El T8 era una zona que ya existía, una plaza construida en su momento, abandonada en la práctica y sin un uso real durante años. Muchos vecinos entendían esa actuación como una oportunidad para ampliar aparcamientos y mejorar el entorno. El propio cartel de obra apuntaba en esa dirección, hacia una actuación que debía embellecer la zona y aumentar las plazas de estacionamiento. Eso era lo que mucha gente esperaba, porque eso es lo que El Tablero necesita con urgencia.
Pero el resultado que se presenta ahora es otro relato. La plaza se inaugura como recinto para ferias, eventos, mercados y actividades de cierta concurrencia. Es decir, un espacio llamado a atraer más gente, más vehículos y más movimiento a una zona que ya tiene problemas para absorber la presión diaria. La pregunta es sencilla y cualquier vecino la entiende sin necesidad de grandes discursos. Si El Tablero ya no tiene aparcamiento suficiente, ¿qué sentido tiene convertir una zona que podía aliviar ese problema en otro punto de concentración de actividad?
El problema es que El Tablero necesitaba aparcamientos y le han dado otro recinto para actos. Un barrio con cada vez más vecinos no puede seguir recibiendo obras maquilladas que no resuelven su vida diaria. Porque la convivencia empieza por algo tan básico como poder llegar a casa y encontrar dónde dejar el coche.
El Tablero es un pueblo residencial, con familias trabajadoras, vecinos que dependen del coche para ir a trabajar, actividad comercial, colegios, servicios y una población que ha crecido de forma constante en los últimos años. Ha pasado de unas cifras cercanas a los 6.360 habitantes alrededor de 2018 a superar los 7.000 vecinos en estimaciones recientes, con unos 7.039 registrados en torno a 2024. Entre 2020 y 2024 ha mantenido una tasa media de crecimiento poblacional cercana al 0,68 por ciento anual. No hablamos de un núcleo vacío ni de un espacio pensado únicamente para pasear.
Por eso el debate de la plaza del T8 no puede separarse del otro gran proyecto que afecta al corazón del pueblo, la remodelación de la Avenida de Las Américas. Ahí vuelve a aparecer la misma contradicción. Se habla de modernizar la Zona Comercial Abierta, de priorizar al peatón, de ampliar aceras, de poner un único sentido de circulación, de mejorar la iluminación, el mobiliario urbano, la vegetación y las redes. Otra vez palabras bonitas, otra vez una actuación que puede quedar bien en una infografía. Pero otra vez dejan la misma pregunta sin respuesta. ¿Dónde aparca la gente?
Se cierran calles, se reorganiza el tráfico, se quitan aparcamientos y se pretende vender todo como una apuesta por el comercio local. Pero cuesta entender cómo se incentiva el comercio si se dificulta que los clientes lleguen. Cuesta entender cómo se ayuda a los negocios si cada persona que visita la zona tiene que perder tiempo buscando un aparcamiento que no existe. Cuesta entender cómo se mejora la vida del peatón si no se ha pensado antes en el vecino que vive allí, en el trabajador que llega tarde, en el comerciante que depende de la accesibilidad y en la familia que necesita moverse por un barrio cada vez más saturado.
La plaza del T8 puede tener luces nuevas, pavimento nuevo, mobiliario nuevo y una inauguración con ambiente festivo. La Avenida de Las Américas puede quedar más bonita, más peatonal y moderna. Pero si todo eso no viene acompañado de una estrategia real de aparcamientos, movilidad y ordenación urbana, El Tablero seguirá teniendo el mismo problema con una estética más cuidada.
Y los vecinos no son tontos. Saben distinguir entre una mejora útil y una obra de escaparate. Saben cuándo una actuación les facilita la vida y cuándo simplemente cambia la imagen de una zona. Saben cuándo una inauguración responde a una necesidad real y cuándo se usa para construir relato político. Saben que una plaza para eventos puede estar bien, pero también saben que cada evento traerá más coches. Saben que una avenida más amable puede sonar bien, pero también saben que, si se pierden plazas y no se crean alternativas, el problema se traslada a las calles de alrededor.
El riesgo de gobernar desde la inauguración es ese. Que durante unas horas todo parezca funcionar, con música, fotos, declaraciones, vecinos paseando y titulares hablando de convivencia. Pero la política no se mide solo el mismo día de inauguración, se mide al día siguiente, cuando el barrio vuelve a su rutina. Se mide por la tarde, cuando la gente llega de trabajar. Se mide cuando un cliente decide no entrar a comprar porque no encuentra dónde aparcar. Se mide cuando una familia tiene que dejar el coche lejos de casa. Se mide cuando el supuesto avance termina generando más incomodidad que soluciones.
Por eso esta plaza del T8 y la reforma de la Avenida de Las Américas dejan una reflexión incómoda para el gobierno de Marco Aurelio Pérez, pero también para el Partido Socialista. El alcalde gobierna ahora y no puede limitarse a inaugurar obras si esas obras no resuelven los problemas reales del barrio. Si algo no funciona, se corrige. Para eso se gobierna. Pero los socialistas tampoco pueden mirar desde fuera como si esto no fuera con ellos. Si en su momento se pudo apostar por más aparcamientos y se eligió seguir por el camino de embellecer sin resolver, también tienen que asumir su parte. Porque El Tablero no necesita que unos inauguren y otros critiquen después, necesita soluciones.


